Carta escrita a mi pueblo.

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A veces me pregunto: ¿Cuando dejaremos de pelear entre nosotros mismos?

Amo a mi país: México, creo que somos una gran nación, abundante en riqueza de todo tipo, desde su notable y prodigiosa cultura, costumbres e historia, pasando por su gente trabajadora, fuerte y noble. Terminando en sus hermosos y únicos lugares en el mundo donde hacer realidad los sueños más extravagantes que se pudiesen imaginar.

Por alguna extraña razón no nos hemos dado cuenta de ello, o quizá, no le hemos dado el valor que merece vivir en este hermoso país tan generoso y basto para todo el universo.

Creo que mi pueblo está distraído en cómo ganar más dinero, hacer casas y comprar coches último modelos. Peleando por ser el mejor, por superar al compañero, por sentir el poder de mandar o poseer cuanto sea posible.

Siento que nos hemos desviado poco a poco de nuestras raíces: ser felices con poco, y hacer mucho con poquito. No es que no merecemos más, es que podemos tener muchísimo más si nos libramos de nuestras ideas, creencias antiguas, y somos más compartidos, unidos y libres de prejuicios. Somos tan dados a la desconfianza que preferimos morir en un pozo antes que darle la mano a quien nos socorre, pensando que con ello esa persona que nos ayuda se hará famosa, rica o algo querrá a cambio.

Ese es el pensar generalizado de los mexicanos.

No es para menos, hemos sido timados, pero finalmente volvemos a caer, por exceso de confianza. Pero ese no es el problema, si no la pereza por investigar, preguntar, razonar, leer y dudar un poquito de nuestros propios pensamientos, para así tomar una mejor desición a la hora de poner en riesgo nuestro dinero, integridad, bienes y demás.

El problema de nuestros males como nación o como ciudadanos, no es la otra persona, el gobernante o nuestro vecino que no aguantamos, sino que el problema habita en nosotros mismos, que no hemos aprendido a meditar, a controlar nuestras emociones, a documentarnos, estudiar, leer, crecer espiritualmente, para de esa forma evitar cualquier sorpresa negativa, y en vez de ello generar paz, calma y paciencia. Para educar a quienes nos rodean. Para ser un mejor pueblo paulatinamente.

¡Hagamos un alto y vamos a crecer en nuestro espíritu! No hay solución más efectiva que estar en paz con nuestro espíritu, para de ahí escucharlo y saber cual es nuestra verdadera misión en nuestra vida, que no es más que ser felices, dar y recibir amor a manos llenas.

 

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